Camino de Invierno. 210 km

En el Camino de Invierno

El peregrino medieval que llegaba a Ponferrada en pleno invierno probablemente encontraría un paisaje nevado o lluvioso, con los caminos y veredas llenas de barro y charcos. Enfrente se le presentaba un desafío formidable: cruzar el Cebreiro. Tenía que arrostrar peligros sin cuento. Junto con la climatología adversa, que aumentaba extraordinariamente la dureza de la ascensión, había otros factores no desdeñables: los lobos, los bandidos, el pago de peaje o portazgo en la entrada del valle del río Valcarce al señor de Sarracin o de los Auctanes, la ausencia de alojamientos durante la subida al mítico monte, etc.

Ante tamaño reto, el peregrino contaba con escasos recursos: el bordón para ahuyentar a las alimañas; una capa con esclavina, ambas de tosco tejido, que difícilmente soportaban la lluvia sin calarse; un calzado rústico, gastado y roto tras varios meses de camino. Y poco más.

En esta situación no es de extrañar que algunos peregrinos eligieran otra ruta más fácil para entrar en Galicia, saliendo de Ponferrada hacia el suroeste y aprovechando la existencia de una antigua vía romana secundaria. Este, sin duda, fue el origen del Camino de Invierno hacia Santiago de Compostela. Así parece constar en documentos hallados en los archivos del Obispado de Astorga.

El Camino de Invierno es el único que cruza las cuatro provincias gallegas. Es, por tanto, el más gallego de todos los Caminos. En efecto, tras abandonar el Bierzo por el Puente de Domingo Flórez, atraviesa las comarcas de Valdeorras (Ourense), Ribeira Sacra y Terra de Lemos (Lugo), Chantada, Deza y Ulla (Pontevedra) y entra en A Coruña por Puente Ulla. Aprovecha en parte el trazado de las vías romanas secundarias G-51 (de Ponferrada a Las Médulas por el Cornatel) y G-40 (Codos de Belesar, Quiroga, Barxa de Lor, Monforte), así como algún tramo de la Vía Nova o Vía XVIII.

Todo este conjunto de vías y ramales que los romanos dispusieron para explotar las riquezas auríferas del río Sil, evolucionó posteriormente sobre una línea principal que definía lo que vino a constituir un Camino real y la entrada natural del ferrocarril a Galicia (Alfonso XIII lo inaugura en 1883). No llegó a ser la primera carretera entre Madrid y Galicia, porque Carlos III prefirió un trazado más directo hacia la ciudad de A Coruña a través de Pedrafita do Cebreiro.

El generoso esfuerzo de las Asociaciones de Amigos del Camino de Invierno y de algunos de los ayuntamientos por los que pasa está consiguiendo resucitar poco a poco el recuerdo y la actividad de esta antigua y hermosa ruta. Los estudios realizados han demostrado concluyentemente la existencia histórica en diversas localidades de hospitales para peregrinos, en algunos casos a cargo o bajo la protección de los Templarios y, tras la disolución de esta Orden, por la de San Juan de Jerusalén u Hospitalarios. También se han acreditado enterramientos de peregrinos fallecidos durante su periplo jacobeo, y se ha hallado documentación relativa a viajes hacia Compostela a través de este Camino. La simbología jacobea es numerosa y, asimismo, es notable el número de iglesias bajo la advocación del Apóstol. En definitiva, la consideración del Camino de Invierno como uno más de los Caminos de Santiago parece fuera de toda duda.